«Cómo las fotos y las redes allowen a los refugiados rohinyás romper fronteras»
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Gaspar Ruiz-Canela |
Bangkok (EFE) Esperanzas.
Los rohinyás Omal Khair, Dil Kayas y Azimul Hasson, hijo de activistas, poetas y fotógrafos que luchan contra la discriminación y la violencia en Burmania (Myanmar) y ahora usan su creatividad para retratar la vida en los campos de refugiados en la vecina Bangladesh.
«Me gustaría mostrar al mundo la dureza los rohinyás en los campos», explica a EFE Dil, fotógrafa y madre de tres hijos, a través de videoconferencia desde su humilde choza de bambú en un campo bangladesí cerca de la frontera birmana.
Esta rohinyá de 28 años ha roto moldes al convertirse en fotografía, algo inusual entre las mujeres debido al carácter patriarcal de su comunidad, aunque reconoce que cuenta con el permiso de su marido.
un libro de fotos
Dil, Omal y Azimul publicaron un centenario de las imágenes y un libro titulado «Una oportunidad para respirar», felicitado por un proyecto de la ONG Forify Rights, Doha Debates y FotoEvidence que fue presentado el pasado martes En Bangkok.
El acto, en la galería The Fort, contó con una exposición de algunas obras de los tres rohinyás, que también publican sus fotos realizadas con móviles en redes sociales con Twitter, Instagram y Facebook.
«Me gusta fotografiar a niños pequeños jugando en espacios abiertos, también a niños yendo a estudiar y las madrasas, las escuelas religiosas», dice Dil en idioma rohinyá mientras le traduce inactivas.
Una de sus fotografías muestra a un grupo de niños en torno a un hombre tocando la mandolina, mientras que en otra instantánea aparece una mujer con nicab, un velo que cubre el pelo y el rostro, bajando por un empinado camino de tierra.
Eso fue lo que sucedió antes de que se tomaran las fotos en este proyecto, que llegará en 2018, y eso es lo que sucedió después, y dijiste que querías ser parte de la comunidad.

Un pueblo apátrida
En Burmania, los musulmanes rohinyás no son reconocidos como ciudadanos y viven con miedo en aldeas vigiladas por las fuerzas de seguridad o en campos de desplazados sin libertad de movimientos y acceso precario a sanidad, educación y otros servicios básicos.
Las cicatrices siguen abiertas para muchos refugiados que recuerdan vivamente los asesinatos, violaciones e incendios provocados por los sellados y militantes budistas durante las operaciones militares de 2017, calificadas de genocidio por Estados Unidos y algunos juristas.
La violencia causando un éxodo a Bangladesh, donde también padecen privaciones, pero no están constantemente amenazados como en su país natal.
Más de 900.000 rohinyás viven hacinados en los mayores campos de refugiados del mundo en la región bangladesí de Cox’s Bazar, donde sufren de carencia de medicinas y educación a la delincuencia.
precariedad tecnológica
Al carecer de identificación o pasaporte no pueden comprar tarjetas de móvil en Banglades, así que habitualmente tienen que adquirirlas ilegalmente, al tiempo que las conexiones a internet son inestables y deben usar paneles solares ante la falta de electricidad.
Azimul Hasson, de 20 años, afirma que otros refugiados se alegran cuando les explican para qué están haciendo fotos, que muestran desde inundaciones e incendios, pero también a jóvenes haciendo deporte y en protestas para reclamar sus derechos.
Las tiendas y mercados retratados en sus fotos ya no existen, ya que fueron desmanteladas por las autoridades, que quieren desincentivar la actividad económica en los campos.
«Hay alambradas de espino en torno a los campos, y no podemos salir a cargar (los móviles) porque hay puestos de control. Me darían una paliza si trato de salir en secreto», señala Azimul en inglés por videoconferencia.
También asegura que trata de evitar publicar sus fotos en Facebook porque hay muchos funcionarios de inmigración en esta red social.
Omal Khair, de 18 años, indica que no sabía nada de fotografía antes de ser elegida para este proyecto, pero que ahora está orgullosa de poder contar al mundo la situación de su comunidad.
«Es tan difícil (tener cobertura de internet). Cuando quiero subir una foto, tengo que subir a la colina», rueda un EFE Omal.
La precariedad de los campos contrasta con estas fotos íntimas de niños que se ayudan a transportar agua, juegan a pintarse con barro de la lluvia o contemplan el cielo azul desde un tejado.
«Después de graduarme (en el proyecto) quiero ser una fotógrafa y periodista profesional, y después de ser fotógrafa, quiero que haya más mujeres fotógrafas en mi comunidad. Esa es mi esperanza», signo de exclamación con una sonrisa.
Edición web: Mar Monreal
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