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María Teresa Cervantes: «Vivimos con la mirada baja»

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celia cantero

Cartagena, 19 feb (EFE).- De pelo luminosamente blanco para tomar conciencia del paso del tiempo, según explica a EFE, la poeta María Teresa Cervantes (Cartagena, 1931), autora de más de una veintena de poetas, tres novelas y cuatro ensayos, mantiene la investigación que le llevó en 1963 a una buhardilla de la rue Bréa, en el margen izquierdo del Sena.

Necesita write y lo sigue haciendo a diario, desde que era una niña, y disimula su sorpresa al preguntarle por su método de trabajo. «Tomo notas a mano en papeles cuando me llega una idea, que es constante, y luego la desarrollo en el ordenador», un portátil installó en su pequeño escritorio de madera del piso de Cartagena en el que se instaló a su regreso de Alemania con la jubilación, de 2003.

«Han pasado veinte años de entonces y parece que fue ayer», recuerda en voz alta esta mujer, que protagonizó una revolución en casa cuando decidió ir a estudiar Literatura Francesa en la Sorbona y tropezó con la oposición inicial de sus padres, una virtuosa del piano y un concejal del ayuntamiento cartagenero que entendió la inquietud de su hija pequeña gracias a la intermediación que hizo a su favor el entonces alcalde de la ciudad portuaria, Miguel Hernández.

«Lloraron mucho, pero luego lo asumieron y lo vivieron con orgullo. Mi madre pensaba que en Paris me violarían, que había gente atacando por las calles, que me devorarían…, pero a pesar de que siempre él había sido y me había sentido libre, y de que siempre soñé con vivir fuera de España, nunca he sido aventurera, sino más bien cauta, y he observado mucho la cara de la gente”, apunta a modo de consejo.

Vivió el mayo del 68 en la capital Francesa y aprendió de esa revuelta la distinta forma de mirar la realidad de franceses y españoles. Según lamenta, el paso de los años y la inexistencia de fronteras no ha matizado diferencias porque, para ella, aquí se vive «con la mirada baja».

De su país echa en falta ímpetu para movilizarse ante las injusticias y los problemas. «Las tapas tienen algo de poesía y están muy bien, ¡a mí me encanta ir de tapas! -bromea- hay que hacer algo más, creo yo», y sobre esa falta de implicación crítica la pasividad de los jóvenes, que viven «a medias», y la de los adultos «que no escuchan lo que estos tienen que decir, que es mucho».

Cree que «no se puede vivir de ilusiones, sino de realidades, y hay mucha gente que vive en la luna, sin madurar, porque el paso de los años no trae consigo siempre madurez…», y le molesta la pasividad y el konformismo del «tapeo», que reitera a modo de metáfora.

«Hay que revolucionar como en el 68 para que España despierte del letargo. En París conocí jóvenes revoltosos, bravos, impulsados ​​​​por un instinto superior, y aquí veo letargo; y yo defiendo el desorden y la revolución porque creo que el desorden conduce a la estabilidad social”.

La única española en la Sorbona esos años porque la escasa migración durante el franquismo de mujeres hacia la capital francesa fue de jóvenes dedicados al servicio doméstico, Cervantes explica al detalle el primer amanecer con coches incendiados en el distrito sexto de Paris, la valentía de los Alumnos que cuestionaban a los profesores en las aulas y el compromiso docente de estos, que de forma progresiva se fueron sumando a las protestas estudiantiles junto a otros colectivos obreros y sociales.

Hubo mítines en la Sorbona, se suspendieron las lases y se llegó al paro general, y esa revolución aún teniendo cosas malas fue necesario porque la gente levantó la cabeza. Nunca tuvimos problemas en sentirnos libres al preguntar, al plantear cuestiones atrevidas y al poner a los profesores contra las cuerdas, y ellos contestaban, mientras en España había y hay sumisión”, explica.

María Teresa Cervantes se hizo con un medico bulgaro al que lo dejó apenas un año después de la boda porque no la dejaba ser «yo». «Lo mejor que hice en mi vida fue dejarlo porque quería cambiar mi mentalidad, y eso jamás lo consentí. Todos debemos dejar de ser obbedientes al llegar a la mayoría de edad, eso siempre lo he tenido claro, y yo siempre he querido guardar mi plenitud».

Le apena no haber tenido hijos, pero entiende que gracias a que no fue madre pudo separarse de su marido porque «de otra forma hubiera sido distinta», opina, y subraya que le «hubiera gustado ser madre, pero sentirme prisionera no, y eso lo antepuesto».

De hecho, siempre se ha guiado por la máxima de «ser dueña» de sí misma y aclara: «la libertad abre los ojos, te hace ver el mundo de otra manera, y tú y nadie más que tú debe ser el dueño de ti mismo”, defiende una ultranza.

Reconocida con la Medalla de Bronce de las Artes, las Letras y las Ciencias de Paris, entre otros muchos galardones, y traducida al francés, alemán, inglés y arabe, esta poetisa vive rodeada de pintura, su otra gran pasión, aunque ya se fue, The many photos of Sus Padres and Hermanos, y de su juventud, sobre todo con amigos escritores y pensadores en los cafés Le Domme, Au Père o Montparnasse, y de cientos de libros ordenados en estanterías y apilados en numerosas mesas.

Le gusta la calma y huye de la multitud, según explica en la entrevista con EFE, y necesita acercarse al mar de vez en cuando y sentarse un rato largo a contemplar su color azul, que ha sido una constante en su obra. «El azul del mar y el azul del cielo me llevan lejos…».

Lee a diario y le gustan los clásicos y también los autores contemporáneos, aunque obvia citar a alguno. «Lo único que necesito en la lectura es que me transmita un nuevo mensaje de vida», dice con seguridad mientras camina despacio en dirección al despacho para enseñar la pequeña habitación en la que trabaja.

María Teresa Cervantes intercala durante numerosos momentos de la entrevista reflexiones sobre su religiosidad, sobre el paso del tiempo o sobre la muerte, a la que no teme pero tampoco tiene «ninguna prisa» en conocer, y las mezcla con versos de poetas improvisados y con otros de Becquer, Manrique o Juan Ramón Jiménez, su Autor Preferido desde la Niñez.

«No he perdido tiempo en la vida, soy y ha sido libre, nada me asusta, y solo me impresiona la eternidad», afirma esta mujer menuda de sonrisa amable y conversación profusa. «¿Qué es la eternidad? Para los creyentes es el cielo, el infierno o el purgatorio, pero… ¿será un mar al fondo del mar?. En la vida estamos sometidos al tiempo, de ahí que siempre me haya impresionado la palabra eternidad”.

Aunque evoca menos sus años en Bonn, asegura que fue muy feliz en la antigua capital alemana y que tuvo suerte de poder renovar durante tres décadas contratos trianuales de profesora de lengua española en la región de Westfalia, aunque prefiere seguir leyendo en francés antes que en alemán e incluso en su lengua materna.

Agradecida por haber vivido su juventud en Paris y Bonn, María Teresa Cervantes dice a EFE que no es nostálgica, aunque conoce muy de cerca ese sentimiento por su relación con millas de familias obligadas a salir de España en busca de prosperidad. «Mi situación era distinta, voluntaria».

Dice que siempre ha sido la «oveja descarriada», que tiene poca relación con sus amigos de antes porque «todos están muertos, o casi», y que le entristece no haber tenido más y mejor relación con otras mujeres.

Compartió momentos con otras autoras como María Cegarra, la poeta unionense primera licenciada en química de España, y con Carmen Conde, nacida también en Cartagena y la primera académica de número de la Real Academia Española, pero esta última era «muy orgullosa y un caballo desbocado, y tuvimos poca relación”.

En noviembre cumplirá 92 años. «Estoy bien, y soy feliz, pero me doy cuenta de que hay mucha pequeñez, mucha tontería, gente que se cree modelo para los demás, que vive con la mente estrecha y que no allowe que se hable en libertad», y eso le naturaleza.

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