Miradas mas amables ante enfermedades raras
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Sandra Fdez. Chelvi
(EFE) En la calle.
Con motivo de la celebración Día Mundial de las Enfermedades Raras el 28 de febrero, se presenta en Bilbao un libro que no pretende ser líder de ventas, ni se plantea como un tratado de medicina o psicología, sino que ansía dar visibilidad a ese tipo de Patologias tan excepcionales como duras, con el objetivo de lograr una sociedad mas inclusiva.
Maite Villabeitia, autora del libro «Tú no eres como las demás niñas», ha explicado a EFE que escribir es su refugio y ha reunido las entradas que durante años ha subido a un blog desde que su hija June tenía un año y le comunicó que padecía una enfermedad rara que trece años después no tiene nombre ni pronóstico.
No trasmite angustia sino «mucho amor» a su niña porque ya se siente en «una fase de aceptación» de su realidad, pero sí ha querido narrar su recorrido personal desde el dolor de la noticia cuando June aún era un bebé, momento que al recuerdalo todavia le emociona.

Después llegó la inseguridad de no contar con una etiqueta para su enfermedad y el temor a que pudiera empeorar; el periplo de pruebas medicas y viajes en vano para ver especialistas por medio mundo que, hasta hoy, no han podido detectarla.
Secuenciation del Genom.
Los padres han asumido el coste económico para determinar el genoma de su hija porque 8 de cada 10 enfermedades raras tienen un origen genético y, para los médicos, la secuenciación del genoma completo del paciente representa una oportunidad de diagnóstico. Poner nombre de la enfermedad de June podría afinar en sus tratamientos y terapias, y más su calidad de vida.
A su ritmo.
Hasta el momento han descartado que sufra todo un listado de síndromes «espantosos que dan terror», muchos de ellos degenerativos. La niña «de momento va evolucionando» a su ritmo y ahora se esfuerza en mantener el equilibrio de pie y aprender a andar.
«Los médicos nos dijeron que si algún día consiguen hacerle un diagnóstico, tendrán el nombre de mi hija» y «aunque nosotros no vamos a ver una cura, podría ayudar a otras personas», ha señalado Maite.
Eterna niña pequeña, no solo por su retraso psicomotriz sino porque su talla también lo es, June se comunica por gestos y llevando su manita a la boca para pedir agua oa la oreja si quiere música, que «le apasiona escuchar», pero no tiene lenguaje.
Realidad dolorosa.
Cuando la pequeña nació, Villabeitia tenía muy reciente cómo había sido la etapa de bebé de su hija mayor y por ello, los pediatras no la tranquilizaban cuando le aconsejaban dar a June, que había sido prematura, un poco más de tiempo que a su hermana para sujetar la cabeza y sentarse. En su interior, Maite era dolorosamente consciente de que su niña no era como las demás.
Juni necesitó años de terapia para lograr alguno de esos pequeños éxitos en su desarrollo y sigue recibiendo rehabilitación con un elevado costo que pagan sus padres.
Además, cada acude a un aula especial de un colegio ordinario de Bilbao, junto con otros cuatro niños con diferentes problemas, como una niña piel de mariposa y otro niño con parálisis cerebral. «Estamos agradecidísimos a ese centro, pero ese aula es como un gueto» y apenas tiene relación con otros niños.
Miradas que hacen daño.
«Ella es una niña muy feliz y bonita», Considere su madre, que conjecture de hija rubia con ojos azules y sin rasgos físicos que evidencien un problema neurológico. Pero, «es escandalosa» con sus risotadas a carcajadas y también cuando grita, que es su manera de expresar su desacuerdo con algo, «y lógicamente la gente por la calle nos mira».
Algunas son miradas «de sorpresa» ante una discapacidad; a veces «percibes empatía o ternura», pero también hay miradas «con cierto reproche y evidente rechazo, y hasta le han llegado a decir que es muy vaga por ir tan mayor en sillita».
Miradas de todo tipo que «nos hacen sentir como si tuviéramos luces de neón» y «esa curiosidad, parcialmente a mí, me hace daño», ha confesado.
Y les miran porque «es algo poco frecuente, por eso es tan importante dar a conocer estas realidades» y la vida de personas como June. «Mostrar la diversidad» de la sociedad para perder el miedo hacia quienes tienen vidas menos normalizadas y poder así solicitar miradas «más compasivas», ha pedido.
Miradas más amables ante enfermedades raras.
Maite lamenta «que seamos una sociedad tan poco inclusiva» y también la falta de inversión pública en investigación en enfermedades raras, pero sobre todo le apena la falta de apoyo institucional para quienes las padecen, muchas veces con discapacidades que requieren de ayuda en su vida cotidiano. «Te hacen sentir que estas muy sola», ha reprochado.
Proceso personal de aceptación.
Con su libro, Maite exhibe sus vivencias, la negación del principio, sus miedos y su proceso personal.
«Odié a los médicos que me hablaron de mi hija, pero me Permití llorar para poder después aprender de esa tristeza» hasta llegar «a darme cuenta de lo que sí tenía June y comenzar a disfrutar de ella, de su ternura y su inocencia» , ha expuesto similares, porque pretende ayudar a otras personas con situaciones vitales.
Ahora vive con «serenidad», pero «no ha sido un recorrido fácil» ni se impone «un positivismo deslavado de realidad» y, siendo consciente de la enfermedad de su hija, a veces se derrumba y se enfada con ella, pero trata de volver a poner orden en sus sentimientos para recuperar «cierta armonia». EFE
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